Liderazgo cristiano

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Fue mi privilegio recibir una invitación de parte del pastor Ronald Román de San Juan de Dios de Desamparados, de la Iglesia Preciosa Semilla, a dar una ponencia sobre el liderazgo bíblico. Fui acompañado por la Licenciada Karen Chávez que colabora conmigo en el Instituto de Ciencias Bíblicas de la Sociedad Bíblica en San José, Costa Rica. Mi ponencia se llamaba “El Líder-Siervo” y la de doña Karen fue “La ética ministerial”. Dios nos fue muy misericordioso y agradezco a Dios todo el amor y hospitalidad que recibimos de los hermanos de la Preciosa Semilla. Qué Dios fortalezca esa comunidad de cristianos (alrededor de 250). Aquí les comparto los audios de nuestras dos charlas.

Ponencia de N. Lammé: El Líder-siervo

Ponencia de la Lic. Karen Chavez: La ética ministerial

 

Dios, ¡Ayúdame! Me cuesta perdonar: Un mensaje para pastores dolidos (parte 2)

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Ama a tus enemigos

En la publicación anterior hablamos de lo pasa a un pastor que ha sido maltratado por su iglesia y además ha sufrido la pérdida de su ministerio en la iglesia local por causa de dicho maltrato. Vimos que típicamente los que sufren algún agravio o pérdida pasan por las etapas del duelo igual que si hubieran perdido un familiar o alguien cercano. También ofrecí un consejo bíblico sobre la necesidad de la oración para comenzar a sanar, no solo oración por uno mismo, sino también por aquellos que le hicieron el daño. En esta publicación, me gustaría enfocar nuestra atención en el mandamiento de Jesús que amemos a nuestros enemigos. ¿Qué significa? ¿Cómo lo hacemos?

Primero, si has sufrido a manos de la iglesia, si te han agraviado y te sientes sumamente perdido y dolido y temes ceder ante la tentación de amargarse o buscar alguna clase de venganza o retribución, les advierto que este es el camino a la esclavitud. Mientras nuestros resentimientos nos dominen, somos esclavos de esos sentimientos dañinos y para nada edificantes. La llave que abre las puertas a la libertad en Cristo para un pastor (o cualquiera que ha sufrido a manos de otros hermanos en Cristo) es primero la oración. Pero la cerradura que te tiene encarcelado en la prisión del duelo y resentimiento tiene doble llavín. La primera es la oración. La segunda es la acción. Esa acción es el amor. Pero no es cualquier amor, sino un amor que solo Dios puede obrar en el corazón, a saber, amor para con tus enemigos, amor para con tus perseguidores, amor para con tus agresores. ¿Cómo aprovechamos este llavín? ¿Cómo buscarás la libertad mediante el amor para con tu enemigo?

Cómo amar a tus enemigos

El amor no es un concepto de dos dimensiones meramente. No se puede igualar el amor de una madre para con su hijo o el del hijo para con su padre o el amor que hay entre hermanos. Y luego hay amor entre amigos que a veces puede ser más fuerte que el que hay entre los mismos parientes, o amor que se manifiesta de parte de un padre hacia un hijo adoptivo. Hay amor entre amantes y amor que sentimos para con nuestras mascotas. El amor se manifiesta en grados y en diferentes medidas y clases. Nadie quisiera decir que el amor que tengo por mi mascota es igual al amor que tengo para con mi madre, o por mi mejor amigo. Así, el punto es que el amor para con el enemigo no es igual que ese amor maternal, fraternal, de amistad o aun el que tengo para con mi perro; es un amor distinto, pero es amor de verdad.

¿Qué es este amor que debemos manifestar hacia nuestros enemigos? Bueno, el amor para con el enemigo se puede ver manifiesto en la parábola de buen samaritano (una palabra breve sobre esta parábola en un momento) y también en las palabras de Pablo en Romanos 12:18-21:

18Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 19No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. 20Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. 21No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.

En cuanto dependa de nosotros, debemos vivir en paz con todos los hombres (inclusive con nuestros enemigos). ¿Cómo hacemos esto? Lo primero es no intentar vengarnos. Por más dolorosa y profunda que ha sido la lesión o la traición, al final no somos otra cosa que meros seres humanos merecedores de la ira de Dios. Como hijos de Dios, perdonados por su gracia, debemos reconocer que la venganza no es nuestra, sino suya, pues es el único justo que puede de verdad dispensar la justicia para bien de nosotros y para su propia gloria. La venganza no es nuestra. Dejemos la venganza en las manos de Dios y no nos preocupe por vengarnos porque Dios sabe vindicar a los suyos y cuándo hacer. Entonces, el primer principio en amar a nuestros enemigos se puede resumir así: no le hagas personalmente ningún mal a tu enemigo. Yo digo “personalmente” porque a veces los agravios implican delitos que el Estado debería castigar justamente. En este caso, aunque algo malo le ha sucedido a tu enemigo, no es por venganza personal, sino por causa de la justicia y a manos de las autoridades señaladas por Dios para ejecutar la justicia. Nosotros no somos Dios ni la Ley. Así el mandamiento no aplica a la justicia del magistrado, sino a la supuesta justicia personal. En cuanto dependa de nosotros, vivamos en paz con todos los hombres. Esto proscribe el hacer la guerra (personal) contra nuestro enemigo porque él es nuestro prójimo. Así amamos a nuestro enemigo cuando nos negamos a vengarnos por los males que nos ha hecho.

Pero hay más. Este primer principio es un principio pasivo. Es amor pasivo abstener de hacer algo. Pero El mandamiento de la Palabra de Dios también requiere de nuestra parte un amor activo. Este amor activo se expresa así: “si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (Rom. 12:20). Esto viene directamente del Antiguo Testamento. Proverbios 25:21-22: “Si el que te aborrece tuviera hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber agua”. Éxodo 23:4-5 dice: “Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo”. Este es el mismo mandamiento que aplica a la ayuda que debemos dar a nuestro “hermano” o “vecino” (Dt. 22:1-4). Pablo no expresa un nuevo mandamiento, sino algo que Dios mandó desde el principio. Ahora entendemos con mayor razón porque Jesús contradice la frase: “Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo” (Mt. 5:43). No solamente no se encuentra en la Biblia, sino que el mismo Antiguo Testamento lo contradice abierta y directamente. Pero es Jesús en Lucas que nos ayuda a concretar este amor para con el enemigo. Lucas nos recuenta las palabras de Jesús así: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que te aborrecen;…” (Lc. 6:27). Los que nos aborrecen y los nos hacen daño son igualmente enemigos. Y nos hacen daño precisamente por el odio que nos tiene. ¿Cómo los amamos? Lucas dice: haced bien a los que te aborrecen. El amor que Dios manda para con nuestro enemigo es un amor práctico de hacerle bien y no hacerle mal. Lo citado del Antiguo y Nuevo Testamentos nos enseña que hacerle bien a nuestro enemigo significa suplir sus necesidades cuando este tuviere necesidad. Este amor no es un sentimentalismo. Es la decisión de hacer el bien a quien no lo merece (igual que Cristo nos hizo bien –y más– cuando menos nos lo merecíamos).

Así amar a nuestro enemigo no significa que tengamos sentimientos encontrados por nuestro enemigo o que lo estemos buscándolo para tomar un cafecito, etc. No es nuestro amigo y la Biblia no nos llama tratarlo como si lo fuera. No es nuestra madre (o por lo menos eso se espera). No es nuestro aliado. Es un enemigo. Hasta Pablo tuvo mucho cuidado de sus enemigos y él también deseaba la justicia: “Alejandro el calderero me ha causado muchos males; el Señor le pague conforme a sus hechos. Guárdate tú también de él, pues en gran manera se ha opuesto a nuestras palabras”. Pablo desea que Dios le conceda justicia y que Timoteo se proteja contra este hombre, pero Pablo deja la justicia o la venganza en manos de Dios. Pide a Dios que haga justicia (y esto no es pecado ni antibíblico), pero todo lo deja en sus manos. En cuanto a los que lo habían abandonado, dice: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta” (2 Ti 4.16). Pablo ora por y a veces en contra de los que le hacen mal. Sabe distinguir entre sus enemigos de verdad y los que no lo son. En todo caso, les hace bien. Muestra amor. Y esto puede hacer porque, según Pablo, “El Señor estuvo a mi lado… El Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2 Tim. 4:17a, 18).

Pastor o querido cristiano herido, no podrás amar a tu enemigo si no tienes la confianza de que aunque todo te hayan abandonado o todos estén en tu contra, el Señor está a tu lado y él te librará de toda obra mala. Si tenemos esta confianza, nuestro corazón puede reposar en paz, descansando sobre las promesas de Cristo en su precioso Evangelio. Si quieres superar a los resentimientos, las venganzas, las amarguras, el enojo y el odio hacia tu enemigo, si quieres honrar a Cristo amando a tu enemigo, entonces, tienes que aprender de nuevo a descansar y creer en el Evangelio. Cristo todo lo ha hecho por ti, para tu salvación, y para tu vindicación, a su debido tiempo. Deja todo en manos de Cristo, tu fiel Salvador. Nunca decepcionará. Más bien, ora por tu enemigo, que Dios lo lleve al arrepentimiento o que le pague conforme con sus obras. No le pagues tú. No puedes pagar como Dios y no puedes humillar como Dios puede. Dios es Juez justo y es misericordioso. Así, ora. Ora que Dios convierta a tu enemigo en hermano, o si no, que Dios pague conforme con su propia justicia y de acuerdo con su propia voluntad, y todo para que Dios sea glorificado.

Ascuas de fuego

Cuando amamos a nuestros enemigos, Pablo dice: “ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza”. ¿Qué querrá decir esto? Este dicho antiguo se refería a metafóricamente a una forma de “tortura justa”, o por decirlo de otra manera, cuando le hacemos bien a nuestro enemigo y le manifestamos la gracia del Evangelio en nuestras relaciones con él, a menudo el efecto que se produce es uno de vergüenza en el corazón de nuestro enemigo. Ellos no podrán negar que hemos pagado bien por su mal. La razón por su odio dejará de cobrar fuerza o tener sentido. No podrán justificar su odio ni su comportamiento. Será un odio irracional y sinsentido. Si siguen siendo nuestros enemigos, será para vergüenza suya y otros lo verán. Dios mismo será testigo que nos odiaron sin causa.

Pero hay algo aun más emocionante. Pareciera que la implicación de este dicho podría ser que hasta nuestros enemigos se conviertan en nuestros mismos hermanos. La Biblia dice: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Prov. 16:7). Nuestro gran deseo debe ser “vencer el mal con el bien”. No hay mejor victoria sobre el mal que cuando el bien trae paz y reconciliación. ¿No debe esto ser el objetivo de nuestras oraciones a Dios? ¿No debe ser la meta del bien que practicamos hacia nuestro enemigo? ¿No es esto el corazón del Evangelio?

Pablo dijo en Romanos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros… Porque si siendo sus enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (5:8, 10). En Colosenses, Pablo dice: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha  e irreprensibles delante de él” (1:21-22). La gloria del Evangelio es que éramos enemigos y Cristo por su sacrificio, pues él hizo nuestra paz, y mediante su cruz nos reconcilió a Dios, “matando en ella las enemistades” (Ef. 2:16). Jesús amó a sus enemigos hasta la muerte y por ella nos hizo amigos. El Evangelio es las buenas nuevas de reconciliación. Y una vez reconciliados con Dios, tenemos la expectativa de que podremos ser reconciliados los unos con los otros.

Es fácil amar a nuestros amigos. Es súper fácil amar a los familiares (bueno, a veces). De por si es natural. Pero es difícil amar a nuestros enemigos. Cuando así amamos, amamos como Cristo amó. Cada creyente puede confesar cuanto reconoce el amor de Cristo aun antes de su conversión. Fue esta bondad y paciencia de Dios que nos llevó al arrepentimiento. Pablo regaña a los judíos que juzgaban precipitadamente, diciendo: “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Rom. 2:4). Esta es su gracia hacia nosotros. Es la misma gracia que puede volver a un enemigo un hermano y amigo. Y como recipientes de esta gracia, como hijos de nuestro Padre celestial, somos llamados a imitar y modelar esta gracia para la gloria de Dios y la conversión de nuestros enemigos.

¿Deseas venganza? ¿Deseas esa justicia dulce? Una vez más vemos que la gracia es mayor que justicia estricta. ¡El amor de verdad cubre una multitud de pecados¡ (Prov. 10:12; 1 Ped. 4:8).

Una palabra de ánimo

Es posible que leyendo esto estés pensando en la profundidad de la traición o en lo grave que fue la ofensa. Pero piensa en esto: Cristo te perdonó una multitud de ofensas y pecados y los echó en lo profundo del mar todos y cada uno (Miq. 7:19). Tus pecados contra Dios son más ofensivos y graves que cualquier cosa que hayas sufrido a las manos de los hombres, aun a las manos de los amigos más cercanos. Si has recibido esta gracia pero te cuesta soltar las ofensas, que esto sea el contenido de tus oraciones a Dios. Séle honesto y derrama tu debilidad delante de Dios, tu Padre compasivo. Él entiende. Él sabe lo que es sufrir los agravios de los pecadores y hasta la traición de los amigos más cercanos (piensa en Judas y aun Pedro). Y aun así, es abundante en misericordia y tardo para la ira y más que capaz de superar tu pequeño corazón y ensancharlo a fin de que haya amplio lugar para el amor. Que esta prueba momentánea sea la ocasión para aprender a amar como Jesús. Y más cuando las ofensas provienen de los miembros de la iglesia, recuerda que fue por esa misma iglesia que Jesús dio su vida. Las ofensas son inevitables; el rencor y la amargura no lo son. Esto no es fácil, pero es posible y comienza con la oración humilde y una decisión activa de nuestra parte de obedecer a Jesús.

 

Dios, ¡Ayúdame! Me cuesta perdonar: un mensaje para pastores dolidos (parte 1)

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Cuando la iglesia se come al pastor

Hablé el otro día con un pastor que hace poco perdió su iglesia. La experiencia de la pérdida de su ministerio, no por algún pecado grave que haya cometido, ni porque había acusaciones contundentes en su contra, sino por causa de muchos chismes y una familia en particular que tenía como meta deshacerse de él. Me quedé un buen rato hablando con él y me expresó tantas diferentes sentimientos, desde la paz interior hasta la rabia incontrolable. Me dijo: Un pastor no debe sentirse así. Debo amar a mis enemigos y orar por los que me persiguen. Pero a veces solo deseo su mal. Y otras veces ni siquiera reconozco su existencia. En medio de tantos sentimientos diversos, se me ocurrió que mi amigo estaba pasando por las diferentes etapas del duelo. Sufrió una pérdida significativa, no solo de su iglesia, pero también de su salario. Ya tenía otro trabajo y la idea de buscar a otra iglesia que pastorear no le parecí. La iglesia de verdad se lo comió y luego lo escupió. Fue de verdad un negocio sucio y cruel. Le quitaron su ministerio sin razón legítima, inventaron acusaciones falsas en su contra, mancharon su nombre con gente fuera y dentro de la iglesia, y ahora enfrentaba problemas económicas y el problema defender su buen nombre ante chismes. Fue sobre todo una experiencia doliente y agotadora.

En este artículo, no pienso relatar toda la historia de este pastor, sino ofrecer consejo a pastores que quizá estén pasando o hayan pasado algo parecido. Lo primero que quiero resaltar son las etapas del duelo. Esto ocurre cuando alguien ha perdido algo significativo en su vida, sea un padre, un hijo, un familiar querido, y hasta un trabajo o que ha sufrido algo traumático en su vida. Para poder navegar estos momentos de la vida y saber orar y tomar acción, ayuda identificar qué es lo que está sucediendo en el corazón y mente. Estas etapas son las siguientes y la experiencia nos comprueba que realmente el ser humano psicológicamente pasa por estas etapas, a veces experimenta una o más de estas a la vez.

  1. Fase de negación: Negarse a sí mismo o el suceso que ha ocurrido
  2. Fase de enfado, indiferencia o ira: Estado de descontento de no poder evitar la pérdida que sucede.
  3. Fase de negociación: Negociar consigo mismo o con el entorno, entendiendo los pros y contras de la pérdida. Se intenta buscar una solución a la pérdida a pesar de conocerse la imposibilidad de que suceda.
  4. Fase de dolor emocional: Se experimenta tristeza por la pérdida.
  5. Fase de aceptación: Se asume que la pérdida es inevitable.

La intersección de estas fases en el corazón es parte de un proceso complicado del duelo o de la pérdida, especialmente en reacción a la injusticia. La primera fase representa una especie de shock. Al principio puede haber una mezcla de dolor fuerte e incredulidad. ¿Será que esto me está pasando de verdad? Rápidamente esta fase da lugar al enojo, frustración y aún a la desesperación. Esta última lleva a uno a la fase de negociación en la cual la persona busca cómo solucionar el problema para mitigar los efectos de la pérdida o la injusticia sufrida. Estoy escribiendo para pastores, pero esto se podría aplicar a cualquiera. Una tentación muy común es la venganza, a saber, pagar mal por mal. La mayoría de las personas pasan la mayor parte del tiempo después de una pérdida vacilando entre estas primeras tres fases. Lo importante para un pastor que ha sido agraviado por la iglesia, traicionado por amigos cercanos y abandonado por supuestos aliados, es llegar a la cuarta y quinta fase para poder sanar. Yo no digo que esto sea fácil. Pero ofrezco humildemente algunas meditaciones breves que puedan ayudar a los que sufren por causa de una injusticia o la crueldad de la iglesia (lo siento mucho si esta última frase ofrende, pero no hay otra manera de decirlo y no es menos verdadero por ser ofensivo).

No seas dominado por el dolor: ora por tus enemigos

La oración no es un hábito fácil de desarrollar para los cristianos en general. Pero en momentos de sufrimiento, hemos de aprovechar para desarrollar ese hábito con más empeño y seriedad. Y aunque parece imposible, y aunque te dé mucha pereza, esto es un claro mandamiento de Jesucristo y es primordial para superar las primeras tres fases del duelo. El shock que resulta de un agravio, especialmente a manos de amigos y miembros de la iglesia, puede dejar a uno en un estado de catatonia espiritual y sentimental. Podría ser paralizante. La oración anima el alma y la dirige hacia su único bien, a saber, hacia Dios. El duelo, la pérdida, los agravios serios, las traiciones tienen la tendencia de dirigir nuestros pensamientos siempre hacia dentro, dándole lugar a la mente para masticar una y otra vez el agravio y crear toda una serie de conversaciones imaginarias en las que el lesionado se defiende, responde a sus acusadores o agresores y hasta los manda al diablo a menudo. El agravio llega a ser el enfoque de todas sus conversaciones con sus amigos, y especialmente con aquellos que todavía están a su lado (aunque estos normalmente son muy pocos). Esto no es sano y no lleva el corazón a la sanidad. Solo la oración cambia la corriente y dirige los pensamientos y meditaciones del corazón hacia fuera, hacia Dios.

El salmista, Asaf, lamenta sus sufrimientos y la prosperidad de los malos. Y en su corazón dice que “en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia. Pues he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas” (Ps. 73:13-14). No es hasta que Asaf entre en la casa de adoración y en contemplación del Altísimo que llega a ganar una perspectiva bíblica sobre sus sufrimientos. Dice: “Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos” (v17). Esto cambia todo. Asaf llega a la conclusión que no tiene nada en la tierra o en los cielos salvo a Dios, “Y fuera de ti nada deseo” (v25b). La oración y la adoración ayudan a Asaf a confesar: “Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien” (v28a). A Asaf le habría sido imposible llegar a esta confesión de fe si no fuera por la adoración a Dios que levanta nuestras almas hacia su Santo Templo y nos aparta por un momento del dolor todo consumador de las injusticias sufridas a manos de otros hombres y nos coloca rostro a rostro con nuestro Salvador, Jesucristo. Su santuario es un lugar de sanidad. Su santuario es el lugar donde él nos corrige la vista y nos ayuda a ver con ojos de fe, más allá del presente peligro y sufrimiento del alma. La oración es la llave que abre la puerta a ese santuario, porque solamente la oración nos hace entrar en la presencia misma de Dios.

Pero hay algo más que considerar. No solo debemos orar, sino orar especialmente por nuestros enemigos. Jesucristo dice: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen” (Mat. 5:44). Pero para entender lo que Jesús quiere decir, primero examinemos el contraste que hace. El contexto más amplio dice:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. (Mat. 5:43-48)

La primera cita: “Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo” no se encuentra en el Antiguo Testamento. Mas bien es un dicho que era popular en el mundo greco-romano, y ciertamente adoptado en la cosmovisión popular de la gente. ¿Quién es mi prójimo? El judío ciertamente habría dicho que otro judío era su prójimo. Sin embargo, Jesús aclara el significado de la enseñanza del Antiguo Testamento: tanto mis amigos como mis enemigos son mis prójimos. Levítico 19:18 dice: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Mi prójimo incluye al que me hiere o me hace daño, porque incluya esa persona de la que me gustaría vengar o contra quien guardaría rencores. Es fácil amar a mis amigos. Es súper fácil amar a los que me apoyan en la aflicción, y es natural odiar o despreciar a los que hacen daño; pero es una acto sobrenatural de Dios en el corazón cuando puedo de un corazón genuino amar a mis enemigos y bendecir a los que me maldicen. He aquí la importancia de la oración.

La oración es el bálsamo que me lave el corazón de rencores y amarguras, de deseos de venganza. La traducción: “bendecid”, puede dar una idea errónea de lo que Jesús nos pide aquí. La palabra en griego significa “orar”. Y la traducción: “los que os maldicen” debe ser: “los que los persiguen”. La palabra significa perseguir, u oprimir y acosar sistemáticamente. Algunos ataques, especialmente en contra de un pastor, pueden ser prolongados y sangrientos. En estos casos, es interesante que Jesús no dice que montemos una buena defensa para derrotar a nuestros enemigos (aunque no es ilícito defendernos). A veces nuestros enemigos, nuestros perseguidores, son más fuertes y más astutos que nosotros. Con rencor u odio despiadado, nos atacan cual Rottweiler y no sueltan hasta derramar la última gota de sangre. En este caso, Jesús nos llama a orar. Pero nuestra oración tendrá un contenido muy específico: oraremos por los que nos hacen daño. La oración es el primer paso en aprender a amar a nuestros enemigos en la iglesia y verlos como son de verdad: prójimos. Esta es una manifestación del amor de Dios en nosotros.

¿Cómo debemos orar?

En tus oraciones, serás tentado a decirle a Dios qué hacer o cómo solucionar tu problema. Uno entra también en negociación con Dios. Pero esto es realmente una necedad. No debemos orar como si supiéramos la respuesta. Tampoco debemos orar por nuestro enemigo como si supiéramos que es lo que Dios debe hacer con él o ella. Al contrario, primero, debemos confesar nuestra ignorancia. Decirle a Dios que sabes qué hacer y no sabes qué orar es un buen inicio. Confesarle a Cristo tu absoluta dependencia de él y su incapacidad completa es exactamente la actitud que Dios busca en sus adoradores. No hemos aprendido a orar de verdad hasta que hayamos llegado al punto de no saber qué decir. Y la verdad es que no tenemos que saber. Dios ya sabe qué hacer con nosotros y qué hacer con nuestros enemigos. Nos formó y nos amó antes que hiciese el mundo y nos conoció antes que fundase los montes. También contó todo nuestros días, los buenos y los malos. Sabía lo que iban a ser nuestras aflicciones y sabía en aquel entonces, antes que hubiera tiempo, solucionar nuestro dilema y suavizar toda dolencia y rectificar todo mal. Nunca olvides que el gran Pastor de las ovejas, nuestro Salvador, Jesús, es nuestro gran sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Heb. 4:15). Así no dude en derramar tus lágrimas delante de él, pues al fin todas las enjugará (Apoc. 21:4). Es por esto, que es un Pastor compasivo y manso y gloriosamente tierno para con nuestras debilidades, que podemos acercarnos en todo momento, sin pena y sin miedo, “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 5:16).

¿Para cuáles cosas debemos orar?

Les ofrezco una guía de oración para ayudar a dirigir sus insondables gemidos de corazón:

  1. Ora que Dios complete su obra en ti.
  2. Ora que en tu debilidad, se perfeccione su poder.
  3. Ora que Dios obre arrepentimiento en tu corazón por tus pecados y tus amarguras y tus faltas. Nunca comienza con aquellos que te hicieron daño. Siempre debemos escudriñar nuestros corazones primero, para quitar esa viga de nuestros ojos, y solo luego podremos orar con claridad por nuestros enemigos.
  4. Ora que Dios sea glorificado en tus actitudes.
  5. Pide a Dios la santificación que él promete obrar mediante toda circunstancia, sea buena o mala.
  6. Pide a Dios que tu fe no amengüe, sino que crezca.
  7. Pide a Dios que tu ardor en oración no disminuya, sino crezca.
  8. Pide a Dios que obre arrepentimiento en los corazones de tus perseguidores.
  9. Pide a Dios que te dé oportunidades de bendecir y hacerle bien a los que te han hecho tanto mal.
  10. Pide a Dios que guarde tu corazón contra toda raíz de amargura.

Conlusión

Seguramente hay muchísimo más que podríamos decir sobre este tema. Solo hemos rayado la superficie, por decirlo así. Volveremos al tema en publicaciones futuras. Por el momento, si estás herido, aplastado y dolido, si te sientes traicionado por tus más cercanos amigos, no cedas ante la tentación de buscar refugio o justicia con los hombres, sino escóndete en Dios mediante la oración. Él es tu refugio. Él es tu supremo bien. Ora y canta con el salmista:

En ti, oh Jehová, me he refugiado; 

No sea yo avergonzado jamás.

2 Socórreme y líbrame en tu justicia;

Inclina tu oído y sálvame.

3 Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente.

Tú has dado mandamiento para salvarme,

Porque tú eres mi roca y mi fortaleza.

4 Dios mío, líbrame de la mano del impío,

De la mano del perverso y violento.

5 Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza,

Seguridad mía desde mi juventud.

6 En ti he sido sustentado desde el vientre;

De las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó;

De ti será siempre mi alabanza.

Sal 71.1–6.

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