El corazón de ofrendar

diezmo

Una vez se le pidió al capitalista, Henry Ford, donar dineros para la construcción de un nuevo hospital. El billonario se comprometió con una suma de $5.000. El día siguiente, el titular de la portada del periódico se leía: “Henry Ford contribuye $50.000 a hospital local”. Ford, encolerizado, marcó de inmediato al buscador de donaciones para quejarse que no le entendieron bien. El recaudador de fondos le respondió que con muchísimo gusto publicarían una retracción en el periódico el día siguiente, diciendo: “Henry Ford reduce su donación por $45.000”. Dándose cuenta de la mala fama que resultaría de esta retracción, el industrialista se comprometió con el monto de los $50.000, con tal de que sobre la entrada del hospital colocaran un letrero que decía: “Fui forastero, y me recogisteis”.

De verdad el mundo se fija mucho en la gente con mucho dinero, el los grandes donadores, en aquellas personas que de su abundancia “generosamente” establecen fundaciones caritativas para la gente de bajos recursos o para causas merecedoras y del bien público. Son celebrados con mucha fanfarría y ostentación. En cambio, las contribuciones de la gente pobre casi siempre van sin mención alguna. El mundo no toma en cuenta lo que es poca significancia o lo que no hace una gran diferencia para un individuo o para la sociedad. Por ejemplo, el gran filántropo, Bill Gates, el fundador de Microsoft, por medio de su fundación, fue el mayor donador en el año 2014, según reportó CNBC. Él y su esposa donaron 1,5 mil millones de dólares a su fundación caritativa. La fundación trabaja para reducir la pobreza, mejorar la salud, avanzar las oportunidades y acceso a la educación y a la tecnología. En la revista, Philanthropy 50 (la cual publica los nombres de los cincuenta filántropos más generosos del mundo), ninguna mención se hizo de los miles de personas que de su pobreza o de lo poco que tienen (en comparación a estos filántropos) dan dinero y tiempo para beneficiar a los más necesitados. Por supuesto no se toma en cuenta los miles cristianos, ricos o pobres, que de sus bienes, dan al Señor para la gloria de su nombre y la edificación de su Iglesia. En contraste al reconocimiento que reciben los ricos y nobles de este mundo, Jesucristo manda a sus seguidores que no den para ser reconocidos por los hombres.

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. (Mateo 6:1-4)

Jesús nos dice que nos cuidemos en cuanto al dar porque siempre el hombre cae en la tentación de querer ser reconocido por el hombre y no por Dios. El orgullo humano es siempre un peligro. También Cristo quiere que su iglesia resista la tentación de fijarse en la cantidad de dinero que se da en vez del corazón que suelta generosa y libremente las posesiones terrenales para la gloria de Dios. Lo que importa en el dar no es el dinero en sí, sino el corazón del dador. Este es el significado de una historia que se encuentra en el Evangelio de Lucas. En Lucas 21:1-4, leemos:

Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía.

En esa época en Jerusalén, había 13 recipientes con forma de trompetas que eran para recaudar las ofrendas voluntarias de los adoradores, con el fin de sufragar los costos de los servicios del templo. La gente llegaba y echaba sus ofrendas ahí. Jesús, hablando con sus discípulos, les quiere destacar el gran contraste que existía entre los “ricos” que daban de los que les sobraba y esta viuda pobre que dio todo el sustento que tenía. Esta historia que Lucas relata nos muestra que el corazón del ofrendar es primero, amor a Dios y segundo, fe en Dios.

Vemos el amor de la viuda en que dio generosamente, no de lo que le sobraba, o por decirlo de otra forma, no dio cómodamente, sino que le costó ofrendar a Dios. O sea, dio sacrificialmente. Recordamos a David también, que cuando Dios afligía al pueblo con una plaga porque David le desobedeció y censó al pueblo (2 Samuel 24), Gad le dijo a David que subiera a ofrecer sacrificio a Jehová en la era de Arauna jebuseo. Arauna humildemente le ofreció al rey su era gratis, como una ofrenda al monarca. Sin embargo, David, sabiendo que una ofrenda que no le cuesta nada tiene poco valor, le dijo a Arauna: “No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 Samuel 24:24).

El ofrendar manifiesta 1) nuestra fe y 2) nuestro amor. La Biblia dice que viuda dio “dos blancos” o dos lepta. Una lepta era una moneda muy pequeño de menor valor. Era el equivalente a un ¼ de centavo (USD). Así, ella solo dio medio centavo. Pero a pesar de la cantidad, nuestro Señor dice: “de su pobreza echó todo el sustento de su vida”. El griego literalmente dice: “echó toda su vida”. Como veremos adelante, es precisamente esta ofrenda que Dios desea de sus hijos: sus vidas. El diezmo es llega a ser una metáfora por el sacrificio mayor que Dios pide al hombre: su vida entera. Esta viuda echó en la “canasta”, por decirlo así, toda su vida, porque su vida entera fue de verdad entregada a Dios.  Lo que nuestro ofrendar refleja es la medida de nuestra entrega a Dios en el resto de nuestras vidas.

Esta historia desmiente la idea de que simplemente porque “soy pobre” por lo tanto, no puedo ofrendar o diezmar a Dios. La clara enseñanza de la Biblia es que por más pobre que sea uno, siempre puede dar a Dios. Y sea poco o mucho, Dios lo ve, porque ve siempre el corazón del dador. El punto de esta historia no es la cantidad de los dadores, sean los ricos o esta viuda pobre. Sobre todo se reconoce que la viuda dio más que un par de monedas. Si analizamos bien, sabemos que la viuda hubiera dado una sola moneda. De por sí, solo tenía dos. Una de esas monedas habría sido la mitad de todo lo que tenía (o en en griego original, la mitad e su vida), pero lo dio todo a Dios en sacrificio simple y no ostentoso. Ella da temerariamente, porque dio todo. No se reservó una de las monedas “por si acaso”. Este acto temerario también manifestó su amor a Dios, quien todo lo merece. En los ojos del mundo, un acto así de tanta generosidad temeraria se consideraría algo necio, porque por lo menos la viuda hubiera ahorrado algo para su futuro. Sin embargo, Dios lo ve como un acto de fe y abundante amor y confianza en Jehová. Fe un sacrificio agradable a Dios porque se hizo con fe. Y es precisamente su fe que le llama la atención a Jesús.

Así debemos reconocer que cuando ofrendamos, es más que dinero que se le ofrece a Dios. En el acto simbólico del diezmo o una ofrenda, le ofrecemos generosamente a Dios nuestras propias vidas, en fe, amor y obediencia. ¿Qué es lo que realmente entregó a Dios esta mujer? Le entregó (posiblemente —porque no sabemos más sobre su vida— así se admite aquí un poco de especulación) su futuro, su comida de la semana, su casa, su ropa, de verdad, su vida entera. Así cuando das a Dios, la lección primordial de este texto es esta: Da primero que todo ti mismo a Dios. Cuando un cristiano le entrega su vida en obediencia, fe y amor, toda otra ofrenda se le da en el contexto de esta ofrenda principal, y solo así son nuestras ofrendas agradables a nuestro Padre celestial.

También este texto nos recuerda que el hombre no es el benefactor de Dios. El cristiano es su hijo. En una ocasión, le planteé la pregunta a mi congregación: ¿Qué vale más que un Picasso? La respuesta que les di hace tantos años fue una tarjeta que me hizo mi hija, Abigail. No era una obra de arte de primera clase, sino un dibujo de una niña de kínder. No tenía mucho valor artístico, pero ella me lo ofreció de su corazón y fue una muestra de su amor y afecto para mí, su padre. Una hija no da a sus padres “regalos”, sino en el acto de reglarle algo al padre, realmente da algo de sí misma, a saber, una parte de su corazón. Esa tarjeta valía más que todos los Picassos existentes en el mundo por el mero hecho del amor que representaba. Cuando damos a Dios, no damos como deudores o por mera obligación, sino como hijos, y con amor. Damos a Dios porque lo amamos. Es el amor y la fe que convierten un par de moneditas en una ofrenda de verdad costosa.

Hay una observación más que se debe hacer con respecto a la ofrenda de la viuda. Ella dio generosamente. La ley del Antiguo Testamento fue un mínimo de 10% de los bienes que uno tenía. Pero el Nuevo Testamento no impone esos límites o porcentajes a nuestras ofrendas. La ley del Nuevo Testamento es mayor al del Antiguo, porque la ley del Nuevo es la generosidad, y esta no tiene límites artificiales. Algunas personas llegan a culto con un par de monedas también, como la viuda. Pero no son como la viuda porque su ofrenda no representa un sacrificio de amor. Esta gente ni siquiera piensa en la ofrenda. Llega y da lo que tiene en su bolsillo, quizá para no sentir la vergüenza de dejar pasar la canasta sin echar algo. ¿Qué diferencia hay entre esta manera de ofrendar y lo que hacemos con el hombre que cuida nuestro carro en la calle. Cuando salimos del mercado, le echamos un par de monedas por estar ahí cuidando. ¡Qué vergüenza! ¿Cuántos de nosotros tratamos a Dios como si fuera un mero cuidador de carros, un wachiman (como se le llama en Costa Rica). Pero Dios no es esto, sino es nuestro padre. Y dar a Dios descuidadosamente o tacañamente es una falta de amor para nuestro Padre celestial y la máxima ingratitud, pues él no nos ha dado a nosotros de esa manera, sino que todo nos dio en Cristo. Pablo nos recuerda que Dios “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom. 8:32).

En suma, la ofrenda de la viuda es un ejemplo de una vida gastada en Dios y no en uno mismo. La vida gastada en sí misma es de verdad una vida empobrecida. La vida gastada en Dios es una vida de riqueza de verdad, no par con este mundo, sino para con Dios. Toda obra buena que ofrecemos a Dios se le ofrece en el contexto de un sacrifico de toda nuestra vida a él. Este es el fruto de un corazón que ha conocido el Evangelio. Así dice Pablo a los Romanos (12:1-2):

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. 2No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Así, da a Dios y da generosamente, con fe y amor y en obediencia a Dios en su Palabra. No es el mero hecho de ofrendar. Los motivos cuentan también (quizá más que el mero acto en algunos casos). Si ofrendamos según este ejemplo, nuestras ofrendas serán agradables a Dios y verdaderos actos de adoración, fe y amor al Dios que entregó todo por amor a nosotros.

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